Intento conectarme con un curso de corrección de estilo en línea y ahí me encuentro esta palabra, justo en la mitad de un discurso. Al principio me inclino por ver allí una digitación equivocada; prosigo la lectura sin perder el hilo del sentido y al final del párrafo logro tener un concepto claro de lo explicado. Sin embargo, no me siento tranquila. Vuelvo al discurso huero, pulso la ventana del buscador y me sorprendo, porque sin quererlo estuve a punto de perder en la red de la obviedad el descubrimiento de una nueva palabra, que se presenta ante mí con cara de arcaísmo. El diccionario ilustra su uso en diferentes oraciones, plantea al menos dos acepciones y me riñe silente, preguntándose cómo pude confundir vocablos tan parecidos pero tan distintos.
Huero se define como vacío y vano, se aplica a los huevos sin cría y a los frutos secos sin semilla y no produce nada, está falto de contenido. Pienso entonces en la tragedia de ser un discurso huero, justo cuando la clave de la palabra está en su capacidad de crear, de engendrar sentido, de hacer magia. Me duelo un segundo por los escritores que producen en masa libros como huevos hueros y almendras sin hueso, que pasan por el corazón de sus lectores sin consecuencias, que no motivan la pasión ni espabilan la locura. Terminando estas líneas me pregunto si no seré yo una de las desdichadas hijas de esa estirpe y recojo la red para continuar con esta pesca maravillosa.
domingo, 26 de abril de 2015
Huero
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