sábado, 24 de octubre de 2015

Orlar

Encuentro esa palabra en los pliegues poéticos de Mallarmé y me la quedo. Quiero orlar el cielo con encajes plateados, el rostro del amado con besos dulces y asesinos, el destino de un país que no deja de dar tumbos. De repente me siento tan poderosa con esa palabra, tan estética, tan delicada, que cedo a la tentación de buscar en el diccionario su significado, ilusionada con antiguos sentidos griegos y romanos que seguramente le darían al oficio de orlar una dignidad sin par. Al leer "poner una orla o un adorno alrededor de una cosa" me decepcioné. Ya no quise orlar el amanecer ni la opaca descripción de mis días. Pasé de sentirme poetiza a confrontar la mediocridad de mi jactancia: me había convertido en una simple decoradora de cosas que no necesitaban más belleza que la suya propia. 
Días después, por otras razones, tropecé con la definición de orla, que según el diccionario tiene dos acepciones. Es al tiempo una "Franja o tira de adorno que se graba, se dibuja, se añade o se estampa en la orilla de un papel, una tela o un objeto" y un "conjunto de retratos fotográficos de estudiantes y profesores de una promoción, cuando terminan sus estudios o consiguen el título académico correspondiente". Entonces pensé en el precioso encaje de espuma a la orilla del mar o las memorias familiares, decenas de fotos amarillas que bordean el vacio alrededor del cual se tejen las historias. He ahí el sentido oculto del íntimo y espontáneo ejercicio de orlar... la palabra.