lunes, 1 de mayo de 2017

Orbitar

Cuando moverse adquirió el triple estatuto de imperativo, deseo y peligro, orbitar siguió siendo una alienación subversiva, un elogio a la lentitud, un guiño a la eternidad. Si bien se define como el efecto de la acción de un cuerpo sobre otro, su universo semántico va más allá de la concepción progresista y capitalista de las sociedades industriales; es hija de la revolución científica, pero la trasciende. Yo me enamoré de ella -aunque su ascendencia verbal me indicara sufijo masculino- imaginando a la perra Laika lamer suavemente las aristas curvas de un planeta incomprendido, ese cuya fuerza gravitacional puso a girar al Sputnik a su alrededor. Todavía veo la huella del planeta azul en los ojos de la perra y a ella rodando por las paredes de mis ojos, con la mirada fija en el pasado, en la mente. Orbitar entonces se volvió un viaje mítico, una conexión extraordinaria con la inmensidad y la intensidad del universo, una trayectoria capaz de extenderse al interior del átomo o al exterior del todo.
La influencia del espectáculo terminó por capturar el sentido de la órbita, que de ahí en más fué sinónimo de información de actualidad, de tendencia. Estar y poner en órbita dejó de ser una ceremonia para convertirse en un fenómeno instantáneo, un deseo inconsciente de hacer parte de algo, la recreación del guión de la popularidad. Finalmente, con el estancamiento de la conquista del espacio, orbitar cedió su espacio a vocablos más acordes con la obsesión y la física, diluyéndose en la memoria de quienes escuchan en su pecho el pulso del big bang. Mientras algunos seguimos esperando a Laika, otros simplemente disfrutan del placer de estar en la cresta de la ola.