jueves, 30 de mayo de 2019
Morigerar
Un enigma susurrante, un ronroneo, una promesa. Morigerar vino del latín hasta mi, usando el vehículo de mi lengua para enseñarme el arte de templar o moderar los excesos de los afectos y las emociones. Imagino a un Séneca contemplando el atardecer romano, humedeciendo con precisión sus palabras y su pluma, en un acto que parece un embeleso. Como Aristóteles, como Pío, como otros tantos personajes y pensadores, reposa el vino cuidadosamente, teniendo la eternidad al servicio de sus manos.
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