lunes, 12 de octubre de 2020
Trizadura
Me encuentro esta palabra en la voz de Zambra hablando de Ribeyro y las paredes de mi habitación se hunden sin quebrarse del todo bajo el influjo de los Andes y los compases de las cuencas. De repente los aires chilenos se condensan en las grietas hasta convertirse en palabras nuevas, nombres solo posibles en una lengua que evocan la semejanza cromática entre Santiago y París. Dice Manuel Salas Lavaqui, secretario de la Academia chilena de la lengua, este provincialismo se emparenta con el verbo flêner, que expresa la idea de una superficie que se hiere finamente sin que sus partes se separen. A diferencia de hender, vocablo según el cual las partes devienen en pedazos que caen en algún momento, "una copa trizada no deja escapar una gota del líquido que, como una ampolleta trizada mantiene en el interior su vacío sin que se le introduzca el más leve fluido". Trizadura de la ilusión de lo que creí ser, en la que me distorsiono cada mañana cuando a pesar de reconocerme como pura Tabula rasa termino repitiendo el rosario de inhibiciones por las que me acuesto llorando cada noche. Trizadura de esta misión prometeica de renacer en la oscuridad para ser devorada inevitablemente con el resplandor del día, por las fauces de una ave monstruosa en la cual me reconozco justo antes de desfallecer en el crepúsculo.
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