Mucha curiosidad me causan palabras como estas, tan ajenas, tan sonoras, tan polisémicas. No puedo recordar con precisión los contextos narrativos en los que nos hemos topado -como si jugáramos a las escondidas literarias- pero sí tengo recuerdo nítido del efecto que las tres significaciones establecidas por la RAE causaron en mí una mañana de domingo decembrino. Estaba rumiando alguna lectura psicoanalítica- de esas definitivas, que como un rayo abren vetas siniestras en nuestra ya precaria autoimagen- cuando me encontró en la mitad de la pantalla del ordenador.
Primero lo obvio, ¿qué es restañar?: cubrir con estaño por segunda vez. Pienso en ese material escrito en masculino y me entrego a la seducción de sus aleaciones, resguardándome bajo su película y sintiéndome ligera en su flujo. En los pozos de sentido que cava este significante, restañar, el estaño intenta cubrir su fracaso y se expande en una superficie imaginaria, asumida por mí como femenina. El segundo, me cubrió de lágrimas, flujo imposible de restañar, de detener y que remite a mis propias fallas. La definición del diccionario, que etiqueta con esta palabra la representación de un manantial de sangre o agua contenido, evoca en mí las memorias de todos los encuentros fallidos y el deseo inútil de aquel que restañe mis heridas y contenga mi dolor.
El tercero establece un enlace necesario entre restañar y restallar; aquí del freno se pasa al agitar violento de un instrumento hecho para lanzar, y que en su movimiento agita el viento hasta hacerlo crujir, estallando todo lo que toca. He aquí mi interpretación: el encuentro fallido con lo que no puede recubrirlo todo abre un chorro que busca en el Otro una contención imposible y se encuentra con un crujido, un rompimiento, un estallido. Restañar no es otra cosa que el símbolo de mi ser mujer, buscándome y esquivándome en el laberinto evanescente de la letra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario