En lo Ominoso, texto publicado en 1919, Freud nos recuerda el carácter contradictorio del lenguaje siguiendo el fino hilo de Ariadna de la etimología. La misma palabra que sirve para designar aquello se usa en sentido exactamente contrario en otros contextos o lo que en su origen expresaba una afirmación hoy se toma como una negación taxativa del asunto en cuestión. Precisamente ese es el caso de lo ominoso, en alemán Das Umheimliche, que haciendo referencia a lo más extranjero termina hablándonos de lo más íntimo, como si en el centro del lenguaje persistiera la terrible tentación de irse a la cama con el enemigo declarado o apenas concederle un gesto de apatía a aquel con el que hemos vivido toda la vida.
Catalizador se hace parte de este ilustre linaje de palabras no por su significado en sí, sino por el uso que tiene en la conversación corriente. Me sorprendo hablando de catalizar las tensas relaciones de la empresa, cuando lejos está atemperar de "estimular el desarrollo de un proceso". El primer impulso tras la corrección pública a cargo de un amigo mejor ilustrado es sin duda la negación; "otros lo hacen así", "busquemos en el diccionario", "apostemos un almuerzo". El cementerio de las irreverentes construcciones lingüísticas no miente, esta vez. Sea entonces la ocasión para homenajear este sustantivo, adjetivo y con ligeras variaciones verbo, que desde la química hasta la mecánica, pasando por la psicología, la sociología y la filosofía, nos recuerda la magia insondable del movimiento. Un vocablo digno de Spinoza.
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