domingo, 8 de junio de 2014
Crisol
Nada más hermoso que la sensación luminosa y amarilla de esta palabra, escasa en los libros de texto, pero bien recibida en los escritos literarios, desde la poesía hasta el cuento. Tuvo mejores épocas al abrigo de las intenciones del alquimista o de algún letrado convencido de que sólo al calor del fuego se forjan las grandes ideas. De ese origen primario, esforzado y vigoroso poco sabemos, convencidos del divorcio irreconciliable entre el trabajo manual y el cálculo mental, ahora gestado en la entelequia de la tecnociencia. Entre tanto, algunos siguen disfrutando del tintineo cristalino de su voz y el sofisticado matiz que le otorga al siempre fatigoso ejercicio de producir discurso. Como la Floralis genérica de la tierra porteña se niega a cerrarse para siempre.
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