martes, 3 de noviembre de 2015

Funámbulo

La palabra vino a mí desde el cielo, avanzando por una línea delgadita, apenas sostenida por el aire. Del acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre, con su mirada perdida y fabulosos ropajes, sólo me queda un sabor de boca desconcertante, un sentimiento ambiguo de repudio y admiración. Desde el circo saltan a la cotidianidad miles de personajes con una ética dudosa pero armados de un talento sobrenatural para sortear los avatares de la vida social y política capaz de hacerte saltar de la silla y aplaudir hasta las lágrimas. Son también funámbulos los equilibristas del poder y la fama, expertos en cambiar de bando y desafiar la lógica aristotélica, argumentando con la misma vehemencia una afirmación y su contrario, jugando a fingir la realidad siempre que sea necesario. Tal vez por ello, lo funámbulo sea también adjetivo (extravagante, exagerado, llamativo, grotesco) pero no verbo, al menos no en nuestra lengua.

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