En el invierno las hojas caen inexorablemente. Es un mecanismo programado, una incisión o un corte que tiene funciones protectivas y/o defensivas para el organismo vegetal como la eliminación de partes enfermas, reducción de pérdidas o la dispersión de flores y frutos. El temor del viajero, la imagen de su esperanza, está destinada a sucumbir como parte de un programa natural que, paradójicamente, hará posible más adelante muchas más hojas, flores y vida para disfrutar.
Abscisión es una renuncia forzosa pero necesaria, desde el propio cuerpo, para dar paso a algo más. En la zona de abscisión, donde se produce el desprendimiento, se condensa una capa de células especializadas que se rompen o se disuelven dejando una cicatriz protectora. El árbol se desprende de una parte de sí, pero también puede cuidarse, protegerse de posibles plagas o daños colaterales en el proceso.
No pude evitar pensar en nuestras pérdidas, las humanas, que la mayoría de las veces no son programadas pero que sí nos exigen la renuncia íntima, corporal, vital. ¿Cómo hacernos a una zona de abscisión en el proceso de elaborar la pérdida? ¿Cómo confiar en que aún cuando la hoja se desprenda la esperanza no se desplomará con ella?
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