domingo, 4 de diciembre de 2016
Horrífico
Siempre habrá maneras de confrontar la atrocidad, de chocarse de frente con lo ominoso y decir algo, incluso cuando el terror se agolpa en las extremidades y las gargantas proclamando su dominio. Si hay alguna potencia sobrenatural de lo humano es justamente esta: la de causar dolor, de transformar el miedo adaptativo en horror, en someter sus objetos al extremo del desamparo hasta destruirlos, siempre en pos de su satisfacción. La poesía, tan humana y tan solícita, le presta al ser las palabras para sostenerse y nombrar aquella nada que amenaza con reducirlo, con agotarlo, con torturarlo de la peor manera. Eso es horrífico, una palabra, un recurso poético para decir, para empujar al terror de la garganta y ponerlo a fluir, conjurarlo hasta que anochezca y vuelva a amanecer.
Restañar
Mucha curiosidad me causan palabras como estas, tan ajenas, tan sonoras, tan polisémicas. No puedo recordar con precisión los contextos narrativos en los que nos hemos topado -como si jugáramos a las escondidas literarias- pero sí tengo recuerdo nítido del efecto que las tres significaciones establecidas por la RAE causaron en mí una mañana de domingo decembrino. Estaba rumiando alguna lectura psicoanalítica- de esas definitivas, que como un rayo abren vetas siniestras en nuestra ya precaria autoimagen- cuando me encontró en la mitad de la pantalla del ordenador.
Primero lo obvio, ¿qué es restañar?: cubrir con estaño por segunda vez. Pienso en ese material escrito en masculino y me entrego a la seducción de sus aleaciones, resguardándome bajo su película y sintiéndome ligera en su flujo. En los pozos de sentido que cava este significante, restañar, el estaño intenta cubrir su fracaso y se expande en una superficie imaginaria, asumida por mí como femenina. El segundo, me cubrió de lágrimas, flujo imposible de restañar, de detener y que remite a mis propias fallas. La definición del diccionario, que etiqueta con esta palabra la representación de un manantial de sangre o agua contenido, evoca en mí las memorias de todos los encuentros fallidos y el deseo inútil de aquel que restañe mis heridas y contenga mi dolor.
El tercero establece un enlace necesario entre restañar y restallar; aquí del freno se pasa al agitar violento de un instrumento hecho para lanzar, y que en su movimiento agita el viento hasta hacerlo crujir, estallando todo lo que toca. He aquí mi interpretación: el encuentro fallido con lo que no puede recubrirlo todo abre un chorro que busca en el Otro una contención imposible y se encuentra con un crujido, un rompimiento, un estallido. Restañar no es otra cosa que el símbolo de mi ser mujer, buscándome y esquivándome en el laberinto evanescente de la letra.
Primero lo obvio, ¿qué es restañar?: cubrir con estaño por segunda vez. Pienso en ese material escrito en masculino y me entrego a la seducción de sus aleaciones, resguardándome bajo su película y sintiéndome ligera en su flujo. En los pozos de sentido que cava este significante, restañar, el estaño intenta cubrir su fracaso y se expande en una superficie imaginaria, asumida por mí como femenina. El segundo, me cubrió de lágrimas, flujo imposible de restañar, de detener y que remite a mis propias fallas. La definición del diccionario, que etiqueta con esta palabra la representación de un manantial de sangre o agua contenido, evoca en mí las memorias de todos los encuentros fallidos y el deseo inútil de aquel que restañe mis heridas y contenga mi dolor.
El tercero establece un enlace necesario entre restañar y restallar; aquí del freno se pasa al agitar violento de un instrumento hecho para lanzar, y que en su movimiento agita el viento hasta hacerlo crujir, estallando todo lo que toca. He aquí mi interpretación: el encuentro fallido con lo que no puede recubrirlo todo abre un chorro que busca en el Otro una contención imposible y se encuentra con un crujido, un rompimiento, un estallido. Restañar no es otra cosa que el símbolo de mi ser mujer, buscándome y esquivándome en el laberinto evanescente de la letra.
jueves, 24 de marzo de 2016
Pétreo/a
Esta entrada es un homenaje a un autor norteamericano del que no sabía nada hasta que una amiga y un buen libro me abrieron los ojos: Herman Melville. Su obra es sin duda una riquísima producción de gran excelencia lingüística, entretenida, sofisticada, íntima, reflexiva y profundamente crítica de los efectos salvajes del capitalismo. He leído varios de sus cuentos, pero todavía me debo tanto la lectura de su novela como del famoso relato de Bartleby, el escribiente. Justamente en uno de ellos me encontré esta palabra, que en el momento justo de la narración servía como adjetivo para sintonizar al lector con la particular atmósfera londinense de la primera mitad del siglo XX. "Pétrea atmósfera londinense" más que una descripción es una sensación, un desencuentro, una escena donde la densidad del aire alcanza el nivel más áspero, la pura roca. Muchas veces me siento así con mi ciudad, pero también con la gente, con los textos, con los autores, con el país... nunca con la música ni con la poesía.
Pétreo también es el corazón de la montaña, la existencia de las abuelas y los pagamentos de nuestros indígenas. Es entonces cuando la piedra deja de ser hosca y se hace sabia, se hace conservación y memoria de la naturaleza. Tal vez esa memoria se topó con Melville por allá en sus épocas de harponero y lo confrontó con esa pregunta profunda por la divinidad que nos legó para siempre en sus escritos. Pétrea mirada, pétreo silencio, espíritu perpetuo.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Apócrifo
Se acerca el final del año y las risas falsas y las poses sociales se multiplican conforme aumentan los anuncios de la navidad, de las fiestas de fin de año. En el trabajo, los estudiantes buscan hacer buenas migas para fecundar sus ruegos y obtener beneficios en el examen de cierre del semestre. En la familia, florecen las muecas de fingida comprensión cuando se toca "por casualidad" el tema de mi eterna soltería. En la calle, no cesan los comentarios homofóbicos de una sociedad hipócrita, escandalizada con la diferencia pero tolerante con la inequidad y la negligencia. Los falsos gestos de la gente, la historia apócrifa de una especie que se da asco a sí misma, se asoman subrepticios por las rendijas del canon proclamando su herejía, aunque se atribuyan a autor santo. Lo que podría ser un guiño seductor-el ser apócrifo- termina siendo una condición banal, despreciada en un mundo donde sólo lo verdadero tiene nombre.
martes, 3 de noviembre de 2015
Funámbulo
La palabra vino a mí desde el cielo, avanzando por una línea delgadita, apenas sostenida por el aire. Del acróbata
que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre, con su mirada perdida y fabulosos ropajes, sólo me queda un sabor de boca desconcertante, un sentimiento ambiguo de repudio y admiración. Desde el circo saltan a la cotidianidad miles de personajes con una ética dudosa pero armados de un talento sobrenatural para sortear los avatares de la vida social y política capaz de hacerte saltar de la silla y aplaudir hasta las lágrimas. Son también funámbulos los equilibristas del poder y la fama, expertos en cambiar de bando y desafiar la lógica aristotélica, argumentando con la misma vehemencia una afirmación y su contrario, jugando a fingir la realidad siempre que sea necesario. Tal vez por ello, lo funámbulo sea también adjetivo (extravagante,
exagerado, llamativo, grotesco) pero no verbo, al menos no en nuestra lengua.
sábado, 24 de octubre de 2015
Orlar
Encuentro esa palabra en los pliegues poéticos de Mallarmé y me la quedo. Quiero orlar el cielo con encajes plateados, el rostro del amado con besos dulces y asesinos, el destino de un país que no deja de dar tumbos. De repente me siento tan poderosa con esa palabra, tan estética, tan delicada, que cedo a la tentación de buscar en el diccionario su significado, ilusionada con antiguos sentidos griegos y romanos que seguramente le darían al oficio de orlar una dignidad sin par. Al leer "poner una orla o un adorno alrededor de una cosa" me decepcioné. Ya no quise orlar el amanecer ni la opaca descripción de mis días. Pasé de sentirme poetiza a confrontar la mediocridad de mi jactancia: me había convertido en una simple decoradora de cosas que no necesitaban más belleza que la suya propia.
Días después, por otras razones, tropecé con la definición de orla, que según el diccionario tiene dos acepciones. Es al tiempo una "Franja o tira de adorno que se graba, se dibuja, se añade o se estampa en la orilla de un papel, una tela o un objeto" y un "conjunto de retratos fotográficos de estudiantes y profesores de una promoción, cuando terminan sus estudios o consiguen el título académico correspondiente". Entonces pensé en el precioso encaje de espuma a la orilla del mar o las memorias familiares, decenas de fotos amarillas que bordean el vacio alrededor del cual se tejen las historias. He ahí el sentido oculto del íntimo y espontáneo ejercicio de orlar... la palabra.
Días después, por otras razones, tropecé con la definición de orla, que según el diccionario tiene dos acepciones. Es al tiempo una "Franja o tira de adorno que se graba, se dibuja, se añade o se estampa en la orilla de un papel, una tela o un objeto" y un "conjunto de retratos fotográficos de estudiantes y profesores de una promoción, cuando terminan sus estudios o consiguen el título académico correspondiente". Entonces pensé en el precioso encaje de espuma a la orilla del mar o las memorias familiares, decenas de fotos amarillas que bordean el vacio alrededor del cual se tejen las historias. He ahí el sentido oculto del íntimo y espontáneo ejercicio de orlar... la palabra.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Ripio
Hace tiempo que me encontré esta palabra y antes de hacer homenaje a su nombre quiero dedicarle algunas lineas que no sean ripios. ¿Cuántas veces en el afán de la rima no destrozamos la carroña del cementerio y echamos mano de esas ruinas? Aquel conjunto de vocablos inútiles para decir cosas insustanciales se instaló en nuestros versos, buscando completar el hueco constituyente de la lengua y dejando tras de sí un rastro de residuos huérfanos. Tal vez esa condición los hizo caros a los caminantes, que haciendo camino al andar vieron allí el material perfecto para pavimentar los senderos. De aquí también su otro significado: estar atento, no perder ocasión. Es esa la demanda secreta del camino.
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